Ser Padre, Ser Migrante - Reflexiones sobre Sacrificio, Orgullo y Pertenencia
Hay momentos en la vida en los que el tiempo parece dividirse en dos: El tiempo que vivimos… y el tiempo que dejamos atrás.
Para muchos migrantes, esa división no es simbólica. Es real y se mide en kilómetros, en cambios horarios, en llamadas que no alcanzan y en celebraciones que se ven a través de una pantalla. Este último ejemplo me tocó de cerca este sábado por la noche, al encontrarme en Piamonte, Italia, mientras mi hijo se graduaba en Michigan, Estados Unidos.
Fueron apenas treinta segundos desde que lo vi parado en la fila hasta que el presidente del college le entregó su diploma, que tímidamente mostró a la cámara con una emoción contenida, para alegría de todos los alumnos, padres y familiares ausentes.
Y, sobre todo, me recordó algo aún más trascendental: Ver crecer a un hijo a la distancia.
Michigan: donde crece una vida… y una ausencia
Hay una imagen silenciosa que se repite en miles de historias migrantes: un hijo creciendo en Estados Unidos, formándose, madurando, construyendo su propio camino, mientras uno, desde otro país, desde otro continente, y también los padres, los amigos y los familiares, observan, recuerdan y añoran los momentos, los reencuentros, la fecha de las Navidades y ojalá este año podamos vernos en casa; y con menos alegría y más tristeza, las despedidas en los aeropuertos.
Siempre he pensado que los aeropuertos son el lugar del planeta con la más alta vibración de emociones de todo tipo y color: despedidas, reencuentros, abrazos, lágrimas, festejos, globos, corazones inflados de plástico y hasta bandas de músicos en Perú. Así que si un día estás deprimido, anda al aeropuerto, al área de embarque o llegada, y verás dos tipos de emociones tan opuestas como intensas, en sentidos contrarios.
Volvemos al centro de la historia que nos convoca, pero la memoria no se queda quieta.
Vuelve, vuelve a esas tardes ya no de fútbol, ya que ahora se llama “soccer”. Nos gusta recordar también cuando el mundo era simple y bastaba una pelota para ser feliz. Siempre, como latinos, nos gusta la nostalgia, la melancolía. No es casualidad que el tango haya nacido en Buenos Aires, Argentina, y no en un país nórdico.
Recordamos también esos partidos interminables donde no importaba el marcador, sino correr juntos, reír, insistir. Debo aclarar, en honor a la verdad de este relato de memorias, que a mi hijo sí le importaba el marcador final: tenía que ganar sí o sí. Si no, era capaz de anular el partido o exigir que el último penal valiera por diez, de tal manera que ganaba el partido, aunque ya no hubiera luz en el parque, y eso era válido… y punto final. Luego había que bañarse aceleradamente, casi un baño de gato, y volver a casa.
En nuestros reencuentros vuelven las parrillas en familia, donde el tiempo se detiene entre conversaciones, bromas y silencios cómodos.
Vuelven los domingos en el malecón, pateando una pelota y recordando todas las pelotas nuevas que perdimos por pinchadura, por lanzarlas al mar o por reventarle la espalda a algún transeúnte mal ubicado que miraba distraídamente el mar. En ese momento empezábamos a imaginar, de cierta manera, el futuro, aunque este todavía no tenía forma, ni lugar, ni país. Había tiempo para soñar, había tiempo para crear personas y barcos piratas imaginarios a partir de los juegos del parque y crear superhéroes que también pierden, más vulnerables, más humanos, porque a veces perder es ganar.
También vuelven los recuerdos de los viajes largos a los entrenamientos, donde el camino era casi tan importante como el destino. En particular, esos pasteles de manzana en los semáforos le daban sentido al viaje.
Conversaciones en el auto, consejos sin darse cuenta, momentos que en su tiempo parecían pequeños… pero que hoy pesan. Y luego, sin previo aviso, todo cambia, la vida cambia, el futuro está más aquí, más cerca, y ya nos toca la puerta.
El día que todo se vuelve real
Llega la graduación. Ese momento que se espera con tanta ansiedad… pero para el que nunca se está completamente preparado.
Tu hijo ya no es un niño, ya no es el adolescente que se fue. Es un hombre. Se ha graduado casi sin darnos cuenta; ya es un profesional. Y luego te avisa que, después de muchas postulaciones, ha conseguido su primer trabajo… por sí mismo, sin ayuda, con esfuerzo propio.
Es una alegría enorme, un orgullo enorme, una felicidad enorme. Al mismo tiempo, sabes que la distancia también seguirá siendo enorme.
Nada es perfecto ni completo. Hay que disfrutar cada momento intensamente cuando llega, porque intentar hacerlo permanente es como querer retener agua entre las manos: algo imposible.
Y en ese instante aparece una mezcla difícil de explicar: orgullo profundo, alegría inmensa y una ausencia que no desaparece, porque mientras celebras en quién se ha convertido, también recuerdas todo lo que no pudiste compartir en el camino. Al menos muchos capítulos se han perdido en el trayecto.
El costo silencioso de migrar
La migración suele medirse en oportunidades, pero rara vez se mide en lo que se sacrifica. Y, sin embargo, el costo es claro:
• No ver a los hijos crecer día a día.
• Perderse los momentos simples, que son los que realmente construyen una vida: el famoso día a día, los problemas cotidianos de los que no te enteras porque quieren demostrarte que ya son adultos y, a la vez, tampoco quieren preocuparte.
Si tomamos como ejemplo a la gran comunidad migrante latina en Estados Unidos —trabajadora, legal y resiliente— esto no es una excepción. Es una realidad constante y permanente.
En el Perú es muy frecuente tener a un hermano, un hijo o al menos un primo residente en Estados Unidos. La comunidad supera el millón de personas entre ciudadanos con doble nacionalidad, residentes y migrantes sin residencia o “sin papeles”.
Y esos pensamientos han pasado por la cabeza de casi todos, o de todos, me atrevería a decir, con poco temor a equivocarme, al menos esta vez.
Una vida construida con esfuerzo
La vida del migrante no es fácil ni lineal. Es importante tener presente, y no olvidar, que está hecha de jornadas largas, adaptación cultural, reconstrucción personal, lucha constante por la estabilidad y, muchas veces, de no ejercer el trabajo soñado: “me pagan bien” o “no encontré algo mejor y tengo compromisos que afrontar”.
Y aun así, se sigue adelante, como si fuera un viaje sin retorno, sin segunda opción. Hay una determinación que nace de la convicción, no de la obligación. A veces parece que la salida, o el final del problema, estuviera en el aeropuerto.
Pero en realidad se sigue por algo mucho más profundo que el simple “show debe continuar”: por la familia, por el futuro, por el propósito. Sí, una vez más, por el Ikigai, como comenté en mi artículo de hace dos semanas.
Una verdad que no deberíamos olvidar
Hay algo que como sociedad muchas veces ignoramos o no vemos en su verdadera dimensión: Estados Unidos es, en esencia, una nación de migrantes.
Si miramos hacia atrás, con una perspectiva histórica, la nación estadounidense se formó en sus inicios con ingleses disidentes por motivos religiosos y luego con sucesivas olas de migración europea, junto con la migración africana, la migración latina (México, Centroamérica y Sudamérica) y la migración asiática.
Podemos decir que en Estados Unidos, más allá de dos generaciones, casi nadie está completamente desconectado de una historia migratoria. Basta con observar a personas en cargos clave del gobierno, actores, empresarios destacados y figuras públicas en general. Incluso el hombre más rico de Estados Unidos nació en Sudáfrica.
Las barreras: humanas o administrativas
Por eso surge una reflexión necesaria: las barreras migratorias deberían ser administrativas, no humanas ni decisivas. Tal vez muchas personas no trabajarían exactamente en la profesión que soñaron, pero millones tendrían más oportunidades o, al menos, más libertad.
Es importante tener en cuenta que, en la gran mayoría de los casos, el migrante no es un problema. Hablo del verdadero migrante, no de quien utiliza los sistemas de asistencia social o la caridad para beneficio personal, muchas veces de formas absurdas o descaradas.
El migrante es quien trabaja, quien construye, quien aporta, quien sueña y, muchas veces, quien más sacrifica para darles a otros las oportunidades que él no tuvo en su niñez, en su juventud o al comenzar a construir su futuro.
En muchos casos, han sido casi forzados a dejar su propia tierra, la “Pachamama”, en busca del famoso “sueño americano” o, más bien, como yo prefiero llamarlo, el sueño latino: el sueño de nosotros, los latinos.
Entre la distancia y el sentido
Volvemos a esa imagen: un padre en otro país, un hijo en Estados Unidos.
Un diploma en sus manos, un capítulo nuevo de la vida que comienza. Y aunque la distancia duele, hay algo que permanece intacto: el vínculo, el esfuerzo compartido, el amor que no se mide en presencia física.
Una breve reflexión final: ser migrante es vivir entre dos mundos, donde normalmente en ambos vas a ser el “extranjero”. Aun cuando vuelvas a casa, te verán como “gringo”, al menos en una broma, pero sabemos que detrás de cada broma suele haber una verdad difusa.
Pero también es entender que el amor, o los sentimientos que se tienen por un hijo, un familiar o un ser querido, no dependen de la distancia. Siempre van a estar ahí.
Porque, al final de cuentas, no se trata solo de estar presente físicamente, sino de haber sido parte del camino. Esa es la clave y el punto central de este breve artículo.
Un breve tributo
Este es un homenaje silencioso a todos los migrantes:
A quienes trabajan lejos de casa. A quienes ven crecer a sus hijos a la distancia, por videollamadas o a través de sus fotos en las redes sociales. A quienes celebran logros con orgullo y muchas veces los comparten con extraños que viven esa alegría con la misma emoción, aun cuando tal vez no conocen ni el nombre del homenajeado, pero saben y esperan una respuesta similar cuando les toque mostrar sus propias fotos y videos a sus colegas de trabajo o quizá a las personas con quienes comparten vivienda.
Es decir, a quienes, aunque no estén físicamente allí, se sienten parte de ese proceso, porque muchas veces han renunciado a estar presentes para crear oportunidades, y ese acto de amor tiene una importancia enorme.
Con todo cariño, este artículo es para mi hijo Leandro.
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