Algunas reflexiones emocionales sobre la inmigración, la interculturalidad y el volver a empezar, ¿te atreves a intentarlo?
Mudarse a otro país nunca es solamente un trámite migratorio. No es únicamente obtener una visa, abrir una cuenta bancaria, alquilar un departamento o aprender a usar otra moneda. Eso es apenas la superficie visible o material del proceso, que es mucho más profundo.
La verdadera inmigración comienza un tiempo después, tal vez unas semanas o meses después, cuando empezamos a vivir “el día a día”, cuando ese entusiasmo inicial que nos deslumbró pasa a parecer parte del paisaje o de nuestra vida diaria, de nuestra rutina, y desaparece cuando las fotografías dejan de parecer postales y la novedad se transforma lentamente en tu vida cotidiana. Ahí es donde estás empezando a vivir tu proceso de la migración en tu “yo” interior.
Es allí donde empieza el verdadero viaje o la nueva aventura que elegiste.
Porque emigrar no es solamente cruzar una frontera geográfica, sobre todo es cruzar una frontera emocional y muchas veces, sin darse cuenta, el inmigrante termina entrando en una de las experiencias más profundas, más solitarias en conexión con uno mismo y también más transformadoras que puede vivir una persona. Ello nos hace fuertes, nos hace tolerantes, si logramos el gran reto al cual me gusta llamarlo como “cruzar el puente”, el puente de la interculturalidad.
El día que descubres que eres extranjero
El día que descubres que eres extranjero
Muchos europeos o norteamericanos y ciudadanos de todo el mundo hoy llegan al Perú o a Sudamérica con ilusión, curiosidad y una idea romántica del cambio. Sobre ellos podemos citar algunos de los comentarios más frecuentes que escucho en mi vida diaria cuando converso con amigos o clientes expatriados que residen en distintas ciudades del país, tales como:
- En el Perú, casi no existen reglas, eso me encanta.
- En Perú, busco una vida más simple pero más humana.
- La gente aquí es mucho más cálida.
- Las personas son menos estructuradas.
- Ayer conocí unos vecinos y ya me invitaron a cenar a su casa al día siguiente. Aunque no entendí todo lo que hablaban, todos ellos fueron muy amables conmigo y me preguntaron no menos de 10 veces: “¿si me gustaba el pisco sour?”. Como vi que su pregunta ya tenía una respuesta implícita, solo pude decir que “sí”.
Durante las primeras semanas o meses, luego de tu llegada al país, todo parece fascinante o deslumbrante, la magia de lo nuevo.
La comida y las frutas frescas y baratas, los precios que son la mitad o menos, la música latina que quieres aprender a bailar aunque lo hagas de manera muy mala al criterio del swing latino, el divertido caos donde se convive con cierta naturalidad, la mágica y ancestral belleza de las montañas, la maravilla del mundo con el Machu Picchu, o vivir frente al mar si vives en la capital, explorar los mercados y su increíble diversidad de sabores, aromas y colores.
Tus nuevas y espontáneas conversaciones largas, aún con un extraño, pero te hace sentir que de alguna manera le importas, lo cual crea una sensación de aventura permanente y te conviertes en un embajador de tu cultura, compartiendo algunos comentarios para ser empático luego de escuchar que te han compartido casi toda su vida en solo 10 minutos, incluidos hijos, parejas, amantes, amigos, trabajo y los proyectos que nunca pudo realizar porque lo defraudó su socio o un amigo, algo que seguramente no te había pasado antes.
Pero tarde o temprano llega un momento silencioso, un instante pequeño, aparentemente insignificante.
Tal vez en una reunión familiar, donde te han invitado y puedes ver que todos ríen y tú no entendiste el chiste, porque lleva palabras que aún no has incorporado a tu diccionario, porque son del lenguaje de la calle.
O sientes que las personas se llaman por su “nickname” con toda naturalidad, sin que nadie se sienta ofendido por ello, al contrario, porque todos ríen y cambias tu nombre. Ya no te llamas John o Melanie, pasas a tener otra identidad local. Pasarás a ser el “gringo” o la “gringa”, “la alemana”, “la cholandesa” y, si estás en Cusco, también podrán llamarte “mami” o “mamicha”, o “mi gringuita”, y si te llamas Daniela, pasarás a ser “Danielita” en el sentido dulce del término, o expresado en el sentido local con cariño y aprecio como un guiño o señal de aceptación y bienvenida.
Tal vez en una conversación donde las palabras pasan demasiado rápido y sientes que estás viendo un partido de “ping pong” y, cuando las palabras llegan a tu boca, la conversación ya dejó atrás tu pensamiento tardío.
Tal vez en una oficina pública donde no comprendes el sistema y por qué debes sacar copia de tu ID, de ambos lados, y mostrar que tú eres tú, todo el tiempo.
O tal vez simplemente un domingo por la tarde, cuando sientes por primera vez una nostalgia difícil de explicar, cuando ves u observas familias jugar, disfrutando de un domingo de descanso relajado.
Y ahí aparece una sensación nueva: “Ahora entiendo… no soy de aquí, soy extranjero”. No turista. No visitante. Soy extranjero y aceptar eso emocionalmente toma tiempo.
El idioma: la llave invisible de la cultura
Muchos inmigrantes creen que aprender español es suficiente para integrarse.
Pero aprender una lengua y comprender una cultura son cosas completamente distintas, lo vivo en mi propia experiencia cuando he vivido part time en los Países Bajos o en Italia. Por eso digo que puedes hablar español correctamente y aun así sentirte fuera del club.
Porque las culturas viven en detalles invisibles que llevan tiempo y paciencia para comprenderlas:
Como el humor, los silencios, la forma de saludarse o expresar cariño, la manera de discutir. Si caminas por un café en Sicilia, Italia, parece que en muchas mesas están peleando o teniendo grandes discusiones, pero solo hablan con pasión. El tono de voz, el modo de hacer amigos, la relación con la familia, e incluso la forma de mirar el tiempo. Si vemos en Cusco, la percepción de la cosmovisión andina del tiempo es totalmente opuesta a la visión occidental. ¿Es mejor? No. ¿Es peor? No. Es diferente, ahí reside el punto.
Al principio, cada conversación exige esfuerzo mental y mucha concentración, lo cual es agotador mentalmente, y lo percibirás al llegar a casa, porque estuviste concentrado, algo que antes jamás hiciste porque simplemente entendías todo sin el menor esfuerzo.
El expatriado termina agotado por situaciones que antes eran simples: como por ejemplo hacer un trámite, hablar con un taxista, entender una reunión, responder rápidamente cuando buscas en tu repertorio mental las palabras correctas y cómo decirlas, y mucho más para captar ironías o dobles sentidos. Aquí muchas veces aparece frustración, hasta nos podemos sentir interiormente un poco “tontos”.
Especialmente para personas educadas, profesionales o exitosas en sus países de origen.
Porque de pronto vuelves a sentirte inseguro.
Vuelves a depender de otros para cosas pequeñas.
Vuelves a sentirte “menos competente” en situaciones cotidianas.
Y eso puede afectar de alguna manera tu seguridad o autoestima, y en esos casos nos queremos refugiar en nuestra cultura y hablar con personas de nuestro idioma porque nos sentimos a salvo, mucho más a salvo.
Pero hay algo importante que entender: no estás retrocediendo, al contrario, estás reconstruyéndote. Toda inmigración implica una especie de segunda adolescencia emocional, no te preocupes por ello, ríete de ello, búrlate de ti mismo si es necesario, estás en un proceso interno emocional para llegar a cruzar el puente, el puente que te llevará a integrarte mucho mejor, paso a paso, día tras día.
La otra opción y la más fácil es el refugio cómodo de la “burbuja expatriada”
La otra opción y la más fácil es el refugio cómodo de la “burbuja expatriada”
Casi todos los inmigrantes atraviesan una etapa donde buscan refugio entre personas que hablan su mismo idioma o comparten su misma cultura, y eso es natural.
Necesitamos descansar emocionalmente, necesitamos entender mejor, necesitamos sentirnos comprendidos.
Pero cuando pasan los años y una persona sigue viviendo únicamente dentro de una “burbuja expatriada”, algo comienza a estancarse, nada progresa, nada evoluciona, no has migrado del todo, sí en lo territorial, pero no en lo cultural, que es lo más importante, porque aunque físicamente viva en Perú, emocionalmente sigue viviendo en su país de origen, y ese nunca fue tu propósito.
Y entonces aparece una contradicción silenciosa:
La persona emigró buscando una transformación… pero construyó una pequeña réplica emocional de su antiguo mundo.
La verdadera integración comienza cuando dejamos de comparar constantemente.
Cuando dejamos de pensar:
• “En mi país esto funciona mejor, aquí todo es muy lento”.
• “En Europa esto sería diferente, el seguro me hubiera pagado inmediatamente”.
• “En Estados Unidos nadie haría esto así”, eso es de los 90.
Porque emigrar no significa exportar tu cultura a otro territorio, significa aprender a convivir con otra lógica humana.
El tiempo latino: una lección emocional
Uno de los choques culturales más fuertes para muchos europeos y norteamericanos tiene relación con la percepción del tiempo; para gran parte del mundo occidental desarrollado:
- La puntualidad es respeto.
- La eficiencia es prioridad.
- La productividad organiza la vida.
En cambio, en muchas sociedades latinoamericanas, las relaciones humanas suelen ocupar un lugar más central que la eficiencia absoluta. Siempre digo que en los lugares con climas más fríos o adversos, es muy opuesta en su accionar, porque si simplemente no eres organizado y no guardas “pan para mayo”, vas a morir. Y si vemos el Caribe, con sol de 10 meses al año, con frutas tropicales, con pescado y recursos que te provee la naturaleza casi sin costo, porque necesitas mucho menos cosas para vivir, la gente solo vive el día de hoy, el hoy y ahora en tiempo presente, el futuro casi no existe, no hay un sistema de jubilación, no hay seguro de retiro, no hay “Trust” que pague mi vejez.
Y eso puede desesperar al expatriado migrante porque son valores y prioridades fuertes, muchas veces muy difíciles de superar o aceptar.
- Una reunión puede empezar tarde, una hora más tarde, y a veces más.
- Una comida puede durar cuatro horas.
- Una conversación puede desviarse constantemente del tema principal y casi hemos cambiado el mundo en un metro cuadrado, la mesa, donde compartimos un ceviche y tal vez muchas cervezas.
Y el expatriado podría pensar: “Estoy perdiendo el tiempo”. Esto ya no es productivo, no tenía en mi agenda estar 5 horas para un almuerzo, me voy, pero no quiero quedar como rudo con mis nuevos amigos locales.
Pero tal vez, lentamente, empiezas a descubrir algo nuevo.
Tal vez esas horas compartidas no eran tiempo perdido, son las horas para las cuales trabajaste duro toda la semana, con una agenda estricta con tus “appointments” en línea.
No es mejor, no es peor, reitero, tal vez era otra forma de vivir, de pensar, de sentir.
Porque en muchas culturas latinas, la sobremesa no es un accidente casual o aislado, es un ritual emocional de compartirlo todo, hasta cuando es tu bajo sueldo, cosas que en otras culturas, en Países Bajos, serían algo impensado. Cuando Luciënne me explicó muy firme que “jamás” debía preguntar a nadie, y menos a la familia o amigos, sobre temas de dinero o sueldos, ni con la familia, sentí una sensación muy extraña, difícil de explicar o entender con una perspectiva latina.
Así también podrás aceptar paulatinamente que una conversación larga no siempre es improductiva, sino que es una forma de construir confianza y, por supuesto, de disfrutar la vida. Y así, poco a poco, algo cambia dentro del inmigrante. Cuando estás dispuesto a “cruzar el puente”, vas a empezar a respirar distinto, a pensar distinto y, sobre todo, a sentir distinto, y vas a empezar a correr menos.
Tal vez vas a empezar a comprender que la vida no siempre debe medirse en resultados objetivos o materiales.
La soledad invisible del inmigrante
Hay una soledad particular que solo entiende quien ha emigrado. No es únicamente extrañar personas, también se trata de extrañar la versión de ti mismo que existía en tu país. Tal vez podrás sentir que has construido una nueva identidad o que hay dos seres de ti mismo, el que fuiste y el que te has convertido. Ello lo confirmarás cuando abras tu closet, por si lo has olvidado, o si no, mira tus redes sociales antes de tu mudanza y compara mentalmente.
Tal vez vas a extrañar la facilidad con la que antes entendías todo, la sensación de pertenencia automática, sin necesidad de pensarlo y sin miedo a equivocarte.
Aquel humor entre líneas que comprendías sin esfuerzo, porque conocías de memoria el contexto de lo que sugiere el chiste, esa clara sensación de “estar en casa”, que la apreciaste y valoraste más cuando estás fuera de casa.
Y también porque somos humanos, cuando llega esa tristeza que a veces aparece en momentos inesperados:
- Escuchando una canción.
- Reconociendo algún aroma que te conecta con tus memorias juveniles.
- Cuando miras una película en tu idioma.
- Cuando estás celebrando una fecha importante lejos de tu familia o una fiesta nacional fuera de tu país.
La inmigración obliga a una persona a reconstruir emocionalmente el concepto de hogar y eso lleva su tiempo. No es fácil, no es imposible, es un proceso interno que dependerá de cada uno y de cuánto estés listo para cooperar con ello o dar lo mejor de ti en ese camino.
Aprender a ser paciente contigo mismo
Muchos expatriados a veces se exigen demasiado.
- Quieren adaptarse rápido.
- Quieren dominar la lengua con perfección en 6 meses.
- Comprenderlo todo como en tu país.
- No sentirse vulnerables. Siempre les comento a mis amigos y clientes, utilizando una expresión futbolera argentina, “deja que la vida te agarre en outside”. Básicamente quiere decir no seas tan duro contigo mismo, tratemos de ser más humanos y menos perfectos. Lo perfecto racional puede ser muy aburrido en la cultura latina.
Pero la integración real no ocurre en seis meses, a veces puede tomar dos años, es relativo, depende de cada uno, pero en general es un proceso lento y profundamente introspectivo.
Habrá días donde sentirás que finalmente perteneces, pero también habrá otros donde volverás a sentirte completamente extranjero y aún cuestionarte: ¿qué hago aquí? Es parte del proceso y nos ha pasado a todos, creo yo. Lo que más nos cuesta nos fortalece.
Pero tranquilo, ambas sensaciones son totalmente normales o habituales, pero la paciencia contigo mismo es fundamental, porque integrarse no significa dejar de ser quien eres.
Significa algo mucho mejor e importante, a mi forma de ver la vida, porque es ampliar tu identidad, aprender que en el mundo existen distintas formas de ver, vivir y sentir la vida.
El momento extraño: al volver a casa
Hay una pregunta que muchos inmigrantes no se hacen al partir: ¿qué pasará cuando vuelva? ¿Cómo me verán mi familia y amigos al verme? Tal vez puedan pensar que quiero aparentar ser otra persona, eso no es así.
Porque algo cambia profundamente después de vivir años en otra cultura y un día, cuando regresas a tu país de origen, descubres algo que puede sonar un poco desconcertante:
Ya no ves tu propio país con los mismos ojos, lo verás “desde afuera”. Más allá de que sentimos una emoción muy grande por los reencuentros, luego de unos días vas a sentir:
- Las conversaciones te parecen distintas.
- Las prioridades sociales cambiaron.
- Tú cambiaste, sentirás que el tiempo quedó suspendido en tu lugar de origen y que la atmósfera social sigue casi igual al momento de tu partida, y que tal vez por eso te fuiste.
Y a veces ocurre algo doloroso: puedes sentirte extranjero en tu propio hogar.
- No completamente de aquí.
- No completamente de allá.
Y sin embargo, quizá esa sea una de las mayores riquezas humanas de la inmigración.
Porque comienzas a entender que la identidad no es algo fijo, la identidad evoluciona paulatinamente con el tiempo.
Las ventajas y heridas de emigrar
La inmigración puede darte, sin duda alguna:
- Crecimiento personal.
- Mayor apertura mental.
- Muchas nuevas oportunidades.
- Nuevas amistades y relaciones personales.
- Nuevas formas de conectarse y comprender el mundo.
Pero también, sin duda, deja heridas invisibles:
- Ese sentimiento de nostalgia.
- Sentir la distancia familiar, en particular en fechas especiales, navidades, cumpleaños, sentir que en la Navidad no hay nieve sino calor y “algodón en el árbol de Navidad”, porque no hay nieve y el árbol que cortabas para tu casa ahora es de plástico e importado de China.
- Una sensación de desarraigo.
- A veces un poco de cansancio emocional.
- Y esa sensación a veces permanente de vivir “entre dos mundos”.
Y aun así… muchas personas descubren que el viaje valió la pena.
Reflexión final: La vida son cinco minutos
La vida es increíblemente corta. Un gran amigo, Tito Leiva, siempre dice, especialmente en nuestras interminables, tremendas y divertidas parrillas, “que somos 80 kilos de gusanos, caminando por la vida con fecha de caducidad”. Ello, conectado a la celebración aparente de la muerte en algunas culturas como la mexicana, que celebran el Día de los Muertos cada 1 de noviembre, pero si conectamos con una perspectiva más profunda, nos dará un mensaje tremendamente opuesto y positivo sobre la línea finita de la vida, nuestra vulnerabilidad y que, como indica el subtítulo, “la vida son cinco minutos”.
Estas conversaciones siempre me han hecho reflexionar acerca de la vida y la muerte, como solía decir el famoso premio Nobel Milan Kundera, acerca de nuestra “insoportable levedad del ser” y actuar en consecuencia.
En lo personal, creo que el real y único fracaso en la vida es no haberse atrevido a intentar hacer realidad tus proyectos, tus sueños, y no medir el éxito o resultado con una vara en sentido material del término. El camino en sí es una fuente rica de experiencias que nutren nuestro ser.
La vida, cuando empezamos en la vorágine de las responsabilidades diarias, se torna mucho más corta de lo que imaginamos cuando somos jóvenes. En una mirada retrospectiva, si veo cuando llegué a Lima, allá en el 2003, con 33 años, han pasado ya casi 23 años y la vida me llevó por muchos caminos que nunca ni siquiera pensé en conocer ni explorar. Tuve un hijo que fue lo mejor que me pasó en la vida, tuve varias relaciones en su mayoría truncas, nada es completamente perfecto, pero sigo disfrutando y aprendiendo de la vida, lo mejor que puedo. Como dije arriba, “deja que la vida te agarre en outside”. Yo también la dejé, a veces pienso que en exceso, pero eso ya no lo puedo revertir. No somos perfectos, pero sí podemos aprender de las experiencias y el camino recorrido.
Yo pienso también que quizás el mayor fracaso no sea equivocarse, tal vez el verdadero fracaso sea nunca haberse atrevido, o nunca haber intentado aquello que el corazón pedía silenciosamente, a veces a gritos, y había algo interno, un bloqueo emocional que no dio luz verde a nuestras sensaciones de vivir nuevas experiencias.
Nunca haberse atrevido a cruzar la frontera del miedo, al menos la del miedo interno, esa que no requiere ninguna “visa”, pero es la más complicada.
Nunca haber descubierto quién podrías haber sido en otro lugar del mundo.
Emigrar no es para todos, pero para muchas personas es el camino que necesitaban recorrer para encontrarse a sí mismas y siempre recuerda, por favor:
- No basta con aprender un idioma sin miedo a equivocarte.
- Debemos sumergirnos en la cultura, es el principal propósito de tu nuevo viaje.
- Debemos aceptar que no todo será cómodo.
- Debemos permitirnos cambiar.
Porque al final de la vida, probablemente no recordaremos los trámites migratorios, ni las visas, ni los formularios, ni a tu abogado ☹, pero por el contrario sí:
- Recordaremos las personas que dejaron una huella en nuestra vida.
- Las múltiples y nuevas conversaciones.
- Los paisajes tan distintos a los nuestros.
- Todos los errores que cometimos y cómo los fuimos solucionando por ser el “nuevo”.
- Las transformaciones personales a lo largo del camino y tu proceso de cambio y apertura de tus pensamientos, cuando ello no sucede normalmente la aventura tiene un corto tiempo de duración.
- Y el valor de haber vivido a nuestra manera con lo que ello significa y el profundo valor de la libertad.
Como ya dijimos, y para terminar, la vida son apenas cinco minutos.
Y tal vez el acto más valiente de todos sea escuchar tu voz interior… y atreverte a vivir aquello que soñabas, aunque no exista ningún seguro o garantía de éxito.
Va dedicado a todos los que migraron y a los que aún no se atreven. Si este artículo es un granito de arena para alguna persona en ese camino, le dará sentido a nuestro artículo. Siempre será muy interesante y gratificante recibir tu feedback y comentarios, nos ayuda mucho a mejorar y crecer.
Escrito en la hermosa y especial ciudad de Ámsterdam, de los Países Bajos, en una mañana nublada, de un miércoles cualquiera, fechado 13 de mayo de 2026.


